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«Como un árbol amarillo»

Puedo pretender fingir que somos felices. Es fácil estirar la manga del buzo y pensar que es tu mano la que se apoya en mi pierna, hacer de tu silencio solo una cautela más de la madrugada, mirarte sentada en el borde de la cama e imaginarme gateando hasta tus hombros y plantarte un beso. Esto es lo que siempre me reprochaste. A veces, lo mencionás con los ojos en blanco y sonriendo de soslayo: tengo la cabeza en las nubes, decís. Y otras veces gritás enojada porque te exaspera que no te conteste o que deje de escuchar, como cuando quedo perdida en la ventana del auto. Es que me gusta ver cómo las cosas se van quedando atrás. Ahora quisiera que este momento también pase de largo como un árbol amarillo en medio de la ruta, o un papel de diario que se enreda entre las ruedas, o una mariposa que sobrevuela el parabrisas. Pero aunque empieces a reprochar mi ingenuidad o esa costumbre que tengo de desatenderme de los problemas, como te escucho un poco de lejos decir, yo sé que tu postura, el modo en que te agarrás el cuello con las manos, no es algo pasajero. Es como una de esas nubes grises que no se desprenden del cielo y que por más que el auto avance, permanecen ahí, encima de los edificios, hasta que una se cansa de mirar. Puedo pretender que somos felices pero sé que no es así.

No logro escuchar tus palabras porque estás llorando, y cuando llorás solo puedo concentrarme en tu hipo y en la voz de golondrina que te brota de la boca. Algo me angustia y algo me cautiva en tu forma de llorar. Empujo las sábanas y me apresuro a sentarme junto a vos para poder ver cómo tus ojos se transforman en dos pétalos que me encantaría poder tocar. Pero no soy tonta, aunque te escuche decirlo entre gemidos. Me quedo sentada con las piernas cruzadas y te observo y pongo cara seria. No es que no crea que esto es serio, pero recuerdo que estoy usando tu buzo e imagino el momento en que me lo reclames y yo te saque la lengua para hacerte reír y borrarte el ceño fruncido. Aunque sé que no lo podría lograr, ya no, es lindo pensarlo.

Puedo pretender que todo lo que me decís es un montón de palabras sin sentido, pero en realidad yo también estoy llorando. No me permitís tocarte la cara y te parás de la cama y me hablás desde arriba, tan alta, tan hermosa. Desde cuándo no me dejás rodearte con mis brazos. Quisiera preguntártelo, pero no puedo hablar. Lloro en silencio, contemplándote nada más, buscando en el perfume de tu buzo, en la cama que acaricio, en el modo en que la vela te ilumina los pómulos, todo lo que pueda conservar para que cuando por la mañana te hayas ido, al menos pueda recordarte y pretender.

O tal vez podría convencerme de que solo estoy soñando y que pronto voy a abrir los ojos y encontrarte nuevamente acurrucada junto a mí.

Estás parada y yo sentada porque cuando querés hablar de algo que te apasiona, como las maquetas de Telgopor, la memoria muscular, las ballenas o lo poco que dura el algodón de azúcar en la boca, necesitás ponerte de pie y recitar tus reflexiones como poesía. Te cubrís el pecho con los brazos cruzados porque acaba de entrar un frío repentino a través de la ventana que abrimos antes de acostarnos, para escuchar la cumbia que sonaba en el departamento de al lado. Se te humedecen los ojos y tu voz de golondrina se entrecorta porque sos así, impulsiva y auténtica, y quizás te emociona que las ballenas den a luz a crías vivas que se alimentan de leche materna. O quizás te conmueve mi belleza, como solías susurrar cuando desayunábamos café y me contemplabas el perfil, tan hermosa que no lo aguantabas, decías. Y yo lloro porque estoy feliz, y esta es solo una noche de insomnio y música distante, como de banda sonora, y qué bueno sería que nos pongamos a bailar desnudas en la terraza y por una vez puedas desentenderte de los problemas como yo, qué bueno sería poder besarte la frente y como un conjuro hechizarte para que sigas bailando hasta el amanecer y me sigas queriendo al menos una noche más.

Sería el sueño más hermoso del mundo.

Pero me pregunto qué podré decirle mañana al dolor, al pulso de un pensamiento, a la lluvia, a la música, a la vela en la repisa, al silencio, al olor de tu champú, a todo lo que se haya ido y a todo lo que permanezca, cuando los vestigios de mi memoria no alcancen para traerte de vuelta a mis abrazos. Cuando la ventana del auto no pueda dejarlo todo atrás y te conviertas en una nube gris en el camino. Supongo que otra vez intentaré pretender y por la noche imaginar que, en realidad, no me dejaste sola.

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